El fracking podría aumentar la oferta nacional de gas, pero requiere regulación robusta, implica riesgos ambientales relevantes y debe evaluarse dentro de una estrategia de largo plazo
El fracking (fracturación hidráulica) para extracción de hidrocarburos no convencionales no es una tecnología “buena” o “mala” en sí misma. Es una herramienta energética con implicaciones técnicas, ambientales y estratégicas, señaló Iván García Kerdan, profesor asociado y director de la Escuela de Ingeniería y Ciencias en el Tecnológico de Monterrey, Campus Santa Fe.
El verdadero debate no es si usarla o no, sino: en qué contexto, bajo qué regulación y con qué visión de largo plazo se integra dentro de la transición energética, agregó en conferencia con medios de comunicación.
El también Fellow de la Universidad de Yale en temas de cambio climático, enlistó las siguientes ventajas del fracking:
- Incremento en la producción de gas y petróleo. Permite acceder a recursos no convencionales antes inaccesibles.
- Seguridad energética. Países como Estados Unidos han reducido su dependencia energética externa y podría ayudar a México a reducir su dependencia de las importaciones de gas natural provenientes de Estados Unidos.
- Reducción relativa de emisiones. El gas natural puede emitir entre 40–50 % menos CO₂ que el carbón en generación eléctrica.
- Impacto económico. Generación de empleo e inversión en regiones productoras.
Respecto a las desventajas:
- Alto consumo de agua. Un solo pozo puede requerir entre 10,000 y 20,000 m³ de agua.
- Emisiones de metano. Fugas en la cadena pueden reducir o eliminar la ventaja climática del gas.
- Impactos locales. Ruido, tráfico, fragmentación del territorio y presión sobre comunidades.
- Dependencia tecnológica y económica. Puede retrasar la inversión en energías renovables si se convierte en eje del sistema.
El académico del Tecnológico de Monterrey consideró que pueden existir los siguientes riesgos al utilizar el fracking:
- Contaminación de acuíferos (si hay mala práctica o regulación débil).
- Sismicidad inducida (especialmente por reinyección de aguas residuales).
- Fugas de metano no controladas
- Lock-in energético. Inversión en infraestructura fósil que puede extender su uso más allá de lo deseable en escenarios de descarbonización.
Sobre los casos de éxito de la práctica del fracking a nivel internacional puso como ejemplos a Estados Unidos y Argentina.
- Estados Unidos. Caso más exitoso en términos de producción.
Ha reducido precios de energía y emisiones al sustituir carbón por gas, pero enfrenta críticas por impactos ambientales y fugas de metano.
- Argentina (Vaca Muerta). Desarrollo activo como estrategia de crecimiento económico y exportación energética.
En cuanto a los casos sin éxito citó a Reino Unido y Francia.
- Reino Unido. Moratoria por preocupaciones sísmicas y oposición social.
- Francia. Prohibición total por riesgos ambientales.
Consideró que México enfrenta una decisión estratégica. “El gas natural es hoy el eje del sistema eléctrico, pero depender excesivamente de él puede limitar la transición hacia un sistema bajo en carbono”.
El fracking podría aumentar la oferta nacional de gas, pero requiere regulación robusta, implica riesgos ambientales relevantes y debe evaluarse dentro de una estrategia de largo plazo.
En este contexto, el sistema energético nacional ya muestra una alta dependencia del gas natural, particularmente en la generación eléctrica, lo que vuelve relevante analizar el fracking desde una perspectiva integral. Actualmente, una proporción significativa del gas consumido en México es importado, principalmente de Estados Unidos, lo que implica exposición a riesgos externos como volatilidad de precios y posibles disrupciones en el suministro. En este sentido, el desarrollo de recursos no convencionales podría contribuir a fortalecer la seguridad energética, siempre que se evalúe su viabilidad técnica, económica y ambiental en el largo plazo.
Asimismo, la viabilidad del fracking en México está estrechamente ligada a la capacidad institucional para regular su implementación de manera efectiva. Esto implica contar con marcos regulatorios robustos, mecanismos de monitoreo ambiental, transparencia en la información y procesos claros de participación social. Sin estos elementos, los riesgos asociados (particularmente en el uso de agua, emisiones de metano e impactos locales) pueden incrementarse significativamente. Por ello, cualquier decisión en torno al fracking debe integrarse dentro de una estrategia energética más amplia, alineada con los objetivos de sostenibilidad y transición hacia un sistema bajo en carbono.
Iván García Kerdan concluyó que el fracking no debe analizarse de forma aislada, sino como parte de una estrategia energética integral que equilibre seguridad energética, impacto ambiental y descarbonización.
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