Mtro. Enrique Healy Wehlen*
La transición energética avanza, pero mientras algunos países concentran sus beneficios, otros asumen silenciosamente sus costos. En la Conferencia de las Partes (COP26) celebrada en Glasgow 2021, los líderes de la comunidad internacional reiteraron su compromiso con el Acuerdo de París de 2015: limitar, hacia 2050, el aumento de la temperatura global a 1,5 °C respecto a los niveles preindustriales. Sin embargo, como señalé en El Futuro Arde I, este objetivo resulta altamente cuestionable bajo el modelo de transición energética actualmente en curso.
Alcanzar dicha meta exige una transición energética profunda. Es decir, una transformación estructural en la forma en que producimos y consumimos energía. Sin embargo, para que esta transición sea una verdadera respuesta al cambio climático y al desarrollo sostenible, debe implementarse como una “transición justa”: una que defienda los derechos, necesidades y valores de todos; que garantice justicia climática mediante una distribución equitativa tanto de las cargas del calentamiento global como de los costos asociados a evitarlo.
Los objetivos de una transición justa no se limitan a la reducción de emisiones. Incluyen también la protección del medioambiente y de los recursos naturales, el alivio de la pobreza y la creación de empleo digno. Entre las principales vías para alcanzarla se encuentran:
- Reducir la demanda energética mediante cambios en los patrones de consumo y comportamiento.
- Incrementar la eficiencia energética a través de la innovación tecnológica.
- Sustituir el sistema energético basado en combustibles fósiles por fuentes renovables como la solar y la eólica, de manera progresiva. Al menos 40 % del total energético global hacia 2050, como se señala en El Futuro Arde I.
No obstante, las energías renovables enfrentan un problema estructural: al depender de fenómenos naturales, generan flujos energéticos intermitentes y variables.
Esta irregularidad explica, en parte, por qué hasta ahora no han logrado sustituir plenamente a los combustibles fósiles en contextos de alta demanda energética. De ahí que el almacenamiento de energía se haya convertido en un eje central del debate energético contemporáneo. En este contexto, el litio emerge no solo como solución técnica, sino como uno de los principales campos de disputa política, ecológica y geopolítica del siglo XXI.
El litio y la promesa del almacenamiento energético
Las baterías de ion-litio se han posicionado como la tecnología dominante debido a su alto potencial electroquímico y su bajo peso. Estas características las hacen fundamentales tanto para los vehículos eléctricos como para los sistemas de almacenamiento asociados a parques solares y eólicos. Como resultado, el litio se ha transformado en un recurso estratégico a escala global, con un crecimiento acelerado de la demanda dentro del sistema capitalista global.
El litio es un metal alcalino blanco y extremadamente ligero que no se encuentra libre en la naturaleza debido a su alta reactividad, sino formando compuestos químicos, principalmente carbonato de litio. En las baterías, los iones de litio actúan como portadores de carga: se desplazan del ánodo al cátodo durante la descarga y en sentido inverso durante la carga.
Su posicionamiento tecnológico se explica por varias razones:
- Es el metal más ligero de la tabla periódica, lo que permite altas densidades energéticas sin incrementar significativamente el peso.
- Posee uno de los potenciales electroquímicos más altos entre los metales.
- Libera electrones a voltajes elevados, lo que se traduce en mayor voltaje por celda y mayor capacidad de almacenamiento.
Litio y extractivismo: impactos ecológicos y sociales
Este análisis propone una revisión crítica de la extracción de litio desde tres dimensiones: ecológica, justicia energética y economía política. El objetivo es responder a una pregunta central: ¿la extracción de litio representa una oportunidad real para un desarrollo sostenible e inclusivo, o constituye simplemente una nueva fase del extractivismo capitalista?
Las consecuencias de cada fracción de grado adicional de calentamiento global no pueden subestimarse, especialmente para las poblaciones más vulnerables del planeta, que son también las menos responsables de las emisiones históricas de gases de efecto invernadero.
El litio se extrae principalmente de tres fuentes: roca dura, arcillas y salmueras (una solución de sal y agua). Aunque también existe en el agua de mar, su baja concentración lo hace económicamente inviable. Actualmente, la extracción de salmuera es la más rentable y concentra la mayor inversión.
Los principales depósitos de salmuera se localizan en el llamado triángulo del litio, que abarca regiones de Argentina, Bolivia y Chile. El proceso consiste en perforar los salares para bombear salmuera a la superficie a tasas de entre 1,700 y 2,000 litros por segundo. Ésta se distribuye en grandes piscinas de evaporación al aire libre, donde pasa por varias etapas hasta alcanzar concentraciones óptimas de litio (300 a 500 mg/L). En términos prácticos, se requieren aproximadamente 2,000 litros de agua por kilogramo de litio extraído, considerando tanto agua dulce como salmuera. En Antofagasta de la Sierra, cerca de la salina de Hombre Muerto en Catamarca, Argentina, las comunidades han denunciado el secado del río Trapiche y de lagunas locales desde el inicio de la minería de litio.
Esto ha provocado la muerte de llamas y ovejas, además de la contaminación del agua por filtraciones de sal y sustancias químicas como ácido clorhídrico, volviéndola no apta para el consumo humano.
Las siguientes gráficas no representan emisiones absolutas ni beneficios contables, sino un indicador sintético de concentración del daño ambiental y social asociado a la cadena global del litio. Su objetivo es ilustrar la asimetría estructural de impactos: el Sur Global concentra la carga extractiva territorial, la presión hídrica y los conflictos socioambientales (con regalías reducidas), mientras el Norte Global captura la mayor parte del valor económico y tecnológico.


En el sector transporte, esta asimetría estructural explica por qué la expansión del automóvil eléctrico, aun presentada como solución climática, traslada impactos territoriales y sociales desiguales a lo largo de la cadena del litio.
Litio: el costo oculto del auto eléctrico
Diversos estudios estiman que cada tonelada de litio extraído permite fabricar baterías para alrededor de 100 vehículos eléctricos, pero requiere la extracción de cerca de dos millones de litros de agua. Todo ello ocurre antes de que el coche llegue a circular como “limpio” en las calles. En regiones desérticas, este nivel de consumo agota acuíferos y altera ecosistemas completos. Además, desplaza comunidades y deja tras de sí salares degradados, que antes funcionaban como sistemas vivos, comprometiendo los modos de vida de comunidades indígenas y campesinas.
La última barra representa 2,000,000 de litros (escala 1:10).

El caso de México: litio, agua y soberanía
México posee importantes reservas de litio, aunque hasta ahora no se ha explotado ningún yacimiento de manera comercial. A diferencia del Sur andino, los depósitos mexicanos son principalmente sedimentarios, contenidos en arcillas, lo que implica desafíos técnicos y ambientalmente mayores.
El yacimiento de litio más relevante en México se localiza en Bacadéhuachi, Sonora y es considerado uno de los más importantes del mundo en términos de potencial. Sin embargo, la extracción de litio en arcilla requiere minería a cielo abierto, lo que conlleva deforestación, degradación del suelo, erosión y un uso intensivo de agua. Más de la mitad de los proyectos de litio en México se ubican en zonas de alto o extremadamente alto riesgo hídrico.
A esto se suma el problema de los residuos: la minería genera enormes volúmenes de material estéril que se acumula en las inmediaciones de los yacimientos, lo que representa una amenaza directa para la fauna local. Además, existe un déficit crítico de investigación sobre el reciclaje y reaprovechamiento de estos residuos como potencial actividad económica secundaria.
Transición justa basada en el litio: una decisión política
La transición justa basada en el litio no es una utopía: es una estrategia que depende de voluntad y de decisiones políticas. Implica priorizar el largo plazo sobre el beneficio inmediato. Tratar al litio como un cheque de emergencia reproduce lógicas extractivistas; concebirlo como una herramienta de transformación social abre la posibilidad real de modificar —y no solo maquillar— el modelo energético.
Esto significa convertir el litio en una palanca para fortalecer la ciencia, la educación, la salud pública y la autonomía energética. Si el recurso se limita a generar divisas sin desarrollo tecnológico ni soberanía del conocimiento, el litio no salvará nada: simplemente repetirá la historia.
En ese sentido, el litio no es solo un metal. Es el sensor del nuevo orden mundial y la promesa del automóvil eléctrico. Es el mineral más ligero de la tabla periódica, pero uno de los más pesados en los tableros geopolíticos.
Con él no se fabrican armas, pero sí se fabrica poder.
Conclusiones
1.- El greenwashing oculta que, bajo el modelo actual, el litio no ofrece una solución transformadora, sino la continuidad de un modelo económico capitalista de carácter extractivista.
2.- Al mercado global le resulta más rentable promover el extractivismo que enfrentar el cambio climático mediante una reducción estructural de la demanda energética.
3.- Presentado como una alternativa “limpia” y “ética”, el litio, bajo esquemas extractivos, termina reproduciendo injusticia climática, profundizando la vulnerabilidad de las poblaciones del Sur Global, responsables de apenas el 8 % de las emisiones globales de GEI (véase El Futuro Arde IV).
4.- La transición energética actual no fracasa por falta de tecnología, sino por exceso de continuidad política y económica.
5.- Mientras el automóvil eléctrico crece como solución climática en el Norte Global, su viabilidad económica depende de un esquema extractivo que traslada impactos ambientales y sociales al Sur Global.
6.- El reciclaje de baterías de ion-litio sigue siendo limitado, costoso y energéticamente intensivo, incapaz aún de compensar la presión extractiva creciente asociada a la expansión del automóvil eléctrico.
7.- Si bien los impactos varían según el tipo de yacimiento y la técnica empleada, la escala industrial, hoy proyectada para abastecer la transición energética global, tiende a reproducir patrones de sobreexplotación hídrica y degradación territorial.
*Universidad Iberoamericana. Ingeniería Mecánica y Eléctrica
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