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Nuestra alimentación puede ayudar a proteger el planeta


Lo que comemos impacta directamente en el clima, los ecosistemas y nuestra salud. Una alimentación con más alimentos vegetales reduce la huella ambiental y mejora la salud pública

Aquí vivimos. La Tierra es el hogar que compartimos con millones de especies y ecosistemas: bosques, mares, ríos, montañas y selvas que hacen posible la vida, incluida la nuestra.

Hoy, estos sistemas naturales enfrentan una presión sin precedentes. Las emisiones de gases de efecto invernadero están calentando la atmósfera y los océanos, alterando los ciclos de lluvias y vientos, y provocando eventos extremos como sequías, inundaciones y huracanes cada vez más intensos.

Frente a este escenario, puede parecer que las soluciones están lejos de nuestro alcance. Sin embargo, también podemos actuar desde lo cotidiano. Lo que elegimos comer es una de las herramientas más poderosas para cuidar el planeta.

En el marco del Día de la Tierra, vale la pena preguntarnos: ¿cómo podemos contribuir, desde nuestros hábitos diarios, a un futuro más sostenible?

Nuestro plato también puede cuidar el planeta

La forma en que nos alimentamos está profundamente conectada con la salud de los ecosistemas. Producir alimentos requiere agua, suelo y energía. Por eso, nuestras decisiones alimentarias tienen un impacto directo en el entorno.

Una alimentación saludable y sostenible —basada en el consumo de legumbres, frutas, verduras, cereales y semillas, y en la reducción de productos de origen animal y ultraprocesados— puede ayudarnos a disminuir esa presión.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, los sistemas alimentarios sostenibles buscan garantizar el acceso a alimentos nutritivos con un menor impacto ambiental, asegurando que las generaciones presentes y futuras puedan alimentarse de manera adecuada.

“En este contexto, los alimentos de origen vegetal adquieren un papel central. Su producción, en general, requiere menos recursos naturales en comparación con los productos de origen animal, mientras aportan nutrientes esenciales como proteínas, vitaminas y minerales,” aseguró Sofía Ruiz Oldenbourg, gerente de Políticas Alimentarias de Alianza Alimentaria y Acción Climática.

Las legumbres —como frijoles, lentejas y habas— son un ejemplo claro: además de ser accesibles y formar parte de nuestra cultura alimentaria, son una fuente importante de proteína vegetal y pueden integrarse fácilmente en preparaciones tradicionales.

Reducir también es una forma de cuidar

La evidencia científica es clara: reducir el consumo de ciertos alimentos también es parte de la solución.

La producción de carnes, lácteos y huevos implica un uso intensivo de recursos naturales, contribuye a la deforestación y genera una proporción significativa de emisiones de gases de efecto invernadero.

Al mismo tiempo, su consumo excesivo se asocia con un mayor riesgo de enfermedades crónicas como hipertensión, diabetes y algunos tipos de cáncer, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud y autoridades de salud en México.

Frente a este panorama, reducir de manera gradual su consumo no solo puede ayudar a mitigar el cambio climático, sino también a mejorar la salud pública.

Transformar lo que comemos puede transformar el futuro

Diversos análisis en salud global, como los impulsados por la Comisión EAT-Lancet, señalan que un cambio en los patrones de alimentación —con mayor presencia de alimentos de origen vegetal— podría prevenir hasta 15 millones de muertes prematuras cada año y reducir significativamente el impacto ambiental del sistema alimentario.

Esto no implica cambios radicales de un día a otro. Podemos avanzar de forma gradual: incorporar más alimentos vegetales, elegir opciones de temporada y reducir el consumo de ultraprocesados. Cuidar la Tierra también es cuidar de nosotras y nosotros”, finalizó Ruiz Oldenbourg.

Porque lo que ponemos en nuestro plato puede transformar mucho más que nuestra alimentación: puede transformar el futuro.

Fotografía: https://pixabay.com/